ANEXO I
EMOCIONES Y SENTIMIENTOS
¿QUÉ SENTIMOS?
SENSACIONES → guardan relación con el cuerpo
EMOCIONES → guardan relación con las situaciones
SENTIMIENTOS → guardan relación con las personas
EMOCIONES.
Las emociones las sentimos al tomar conciencia de la situación en la que nos encontramos.
Etimológicamente, la palabra emoción proviene de la raíz latina movere (mover), y el prefijo ex-movere (mover hacia fuera), es decir, “aquello que pone en movimiento”. La emoción está relacionada con la acción. Las emociones nos ponen en movimiento, nos hacen actuar. Las emociones son el resultado de la combinación de procesos afectivos e intelectuales.
Las emociones surgen habitualmente como respuesta a un acontecimiento externo o interno que provoca en el organismo un estado de excitación o perturbación que lo predispone a dar una respuesta.
La emoción es algo innato: desde su nacimiento todos los individuos la poseen, y cada una de las cuatro emociones básicas es una constante en nuestra constitución, aunque eventualmente podamos mantener callada alguna de dichas emociones, no las podremos erradicar de nuestro ser.
Las emociones son necesariamente positivas, puesto que hasta la rabia, el miedo o la tristeza aseguran nuestra supervivencia y adaptación frente a los problemas de la existencia; claro está, siempre y cuando las expresemos.
Las emociones se clasifican en primarias o básicas que son las que estarían programadas genéticamente, es decir, son innatas; y secundarias, que serían producto del aprendizaje.
Las emociones primarias son cuatro: ALEGRÍA-TRISTEZA-MIEDO-RABIA; que serían las que desempeñarían un papel fundamental en el mantenimiento de la supervivencia.
SENTIMIENTOS.
Los sentimientos guardan relación con las personas.
El sentimiento es algo que nuestra personalidad aprende, el resultado de la cristalización y elaboración de varias emociones. En este paso de simple a elaborado, el sentimiento pierde su carácter necesariamente positivo. Un determinado sentimiento puede ser negativo (los celos, el odio), y expresado tal cual no cambiará nada. Si las emociones son universales, las composición y el espectro de un sentimiento varía de un individuo a otro (se puede no conocer el sentimiento de los celos o poseer poca capacidad de compasión ...).
Al aceptar los sentimientos, es importante poder reconocer que, aunque mejoran la preparación para actuar, no son conductas. Así, sentirse enfadado o molesto no es lo mismo que ser agresivo. Los sentimientos implican que uno experimenta sensorialmente y se organiza para acciones concretas, mientras que resolver implica que uno actúa en el mundo. Los sentimientos constituyen una experiencia subjetiva; las conductas son externas y están sujetas a la regulación social. Los problemas emergen cuando se confunden sentimientos y conductas. Cuando las personas intentan que sean sus sentimientos y no sus conductas las que se conformen según las normas sociales, es cuando comienzan a quedar envueltos en auto-manipulaciones y auto-coerciones que no son saludables. Para que las personas puedan negociar con los sentimientos no deseados, en lugar de tratar de controlarlos, necesitan llegar a ser conscientes de aquello que están haciendo y que le mantiene atascados en un mismo sentimiento, de cómo están interrumpiendo el proceso natural de surgimiento y terminación... en positivo.
Las emociones son reacciones momentáneas, y los sentimientos engloban emociones pero les añaden duración, asociándolas a un pensamiento, es decir, imponiéndoles un significado psicológico. La fórmula que construye el sentimiento es la siguiente:
EMOCIÓN + PENSAMIENTO = SENTIMIENTO
Podemos, pues, concluir que los sentimientos son el resultado de la combinación de procesos afectivos (emociones) e intelectuales (pensamientos).
El ejercicio de la sexualidad es el ámbito clave en el que se decide hoy la víabilidad de nuestra acción educativa.
martes, 6 de diciembre de 2011
CONCRETEMOS...
Y matizando, de acuerdo con el Profesor Melendo, que para educar su afectividad:
Debemos partir del reconocimiento y aceptación de los sentimientos de nuestros hijos, y animar su propio descubrimiento desde la escucha atenta presidida por una actitud serena.
La serenidad requiere que resolvamos la gran controversia existente a la hora de “etiquetar” lo que sentimos, en concreto acerca de la diferencia entre las emociones y los sentimientos.
Véase Anexo I.
Debemos partir del reconocimiento y aceptación de los sentimientos de nuestros hijos, y animar su propio descubrimiento desde la escucha atenta presidida por una actitud serena.
La serenidad requiere que resolvamos la gran controversia existente a la hora de “etiquetar” lo que sentimos, en concreto acerca de la diferencia entre las emociones y los sentimientos.
Véase Anexo I.
martes, 4 de octubre de 2011
En segundo lugar...
En segundo lugar, exigirnos el respeto a su forma de ser que se expresa en pensamientos, sentimientos y conductas, crecientemente autónomas y libres.
Particularmente importante en la etapa adolescente es valorar hechos y conductas, nunca juzgar personas; dejando, por tanto, la identidad a salvo; por lo que desterrar del lenguaje diario la expresión “eres …”, y sustituirla por “haces …” y, desde los hechos, asentar criterios constituye un sano ejercicio de equidad educativa.
En esa expresión personal del modo de ser cobran ahora especial relevancia emociones y sentimientos. La tarea de reconocer y expresar adecuadamente unos y otros es tarea conjunta de padres, profesores, e hijos/alumnos.
Faber y Mazlish sintetizan afirmando que:
Todos los sentimientos pueden aceptarse.
Ciertas acciones deben ser limitadas.
“Entiendo que te hayas enfadado con tu hermano. Ahora dile lo que quieras con la lengua, no con los puños”.
Particularmente importante en la etapa adolescente es valorar hechos y conductas, nunca juzgar personas; dejando, por tanto, la identidad a salvo; por lo que desterrar del lenguaje diario la expresión “eres …”, y sustituirla por “haces …” y, desde los hechos, asentar criterios constituye un sano ejercicio de equidad educativa.
En esa expresión personal del modo de ser cobran ahora especial relevancia emociones y sentimientos. La tarea de reconocer y expresar adecuadamente unos y otros es tarea conjunta de padres, profesores, e hijos/alumnos.
Faber y Mazlish sintetizan afirmando que:
Todos los sentimientos pueden aceptarse.
Ciertas acciones deben ser limitadas.
“Entiendo que te hayas enfadado con tu hermano. Ahora dile lo que quieras con la lengua, no con los puños”.
jueves, 23 de junio de 2011
Con vuestro permiso... ¡Queridos PADRES!
1. Los padres, primeros educadores, y “últimos adolescentes”.
Hoy la primera parte de esta afirmación no es tan evidente como en el pasado.
Siempre la paternidad ha llevado implícita la responsabilidad de hacerse cargo, en el más amplio sentido del término, del hijo, de cada hijo, entendiendo la Escuela como una institución subsidiaria con una misión muy específica – dotar de los rudimentos (lectura, escritura, cálculo y memorización)- y con una presencia temporal limitada a la educación primaria (seis a doce años de edad aproximadamente).
El siglo XX marca un cambio en esta concepción al generalizarse y ampliarse temporalmente la escolarización. Además, la influencia del marxismo en utilizarla como medio de colectivización y apropiación de prerrogativas propias de los padres por derecho natural, ha contribuido a desdibujar esa premisa a la que aludíamos al principio.
En nuestro siglo XXI tendrá que ser, una vez más, la perenne juventud de la Iglesia Católica la que vuelva a dirigir la luz del sentido común hacia la esfera de la familia y el derecho primigenio e irrenunciable de los padres en su deber de ser los primeros educadores de sus hijos; especialmente en el terreno afectivo-sexual objeto de nuestro trabajo.
En este ámbito… ¿cuál es el rol de los padres? ¿cuál es el del Colegio?
El papel de los padres.
La paternidad supone recibir a cada hijo como un don (no un derecho, que lesionaría su dignidad dejándola por debajo de la paterna) y la responsabilidad de ser para él autoridad (del latín auctoritas, “aquello que te hace crecer”) pues la generación completa de un hijo incorpora también la ayuda a su crecimiento como persona que, por su misma dignidad, exige el clima antropomórfico de la familia, en la que se ama y se es amado por lo que se “es”; por ende, supone aceptar a cada hijo “como es”, con su naturaleza humana herida, relegando el educarles •”como queremos que sean” a un leiv-motiv propio que nos ayude a exigirnos y exigirles.
En primer lugar, que nuestros hijos acepten a sus padres; construcción que debe iniciarse en la más tierna infancia, y para la cual puede ser de gran ayuda aplicar la Educación con Personalidad propuesta por el Dr. Lyford-Pike:
• Hacer valer eficazmente los derechos propios al mismo tiempo que respetar los derechos de los hijos.
• Lograr que los hijos perciban y entiendan el mensaje de sus padres, incluyendo sus deseos, intereses y estados emocionales en el proceso de comunicación.
• Tomar decisiones sobre lo que corresponde hacer con respecto a los hijos y llevarlas a cabo sin cambios de posición que signifiquen una claudicación. (1)
En segundo lugar, exigirnos el respeto a su forma de ser que se expresa en pensamientos, sentimientos y conductas, crecientemente autónomas y libres.
1. LYFORD-PIKE, A. Ternura y Firmeza con los hijos. Ediciones Universidad Católica de
Chile. México D.F. 1998. 4ª edición. Página 29.
Hoy la primera parte de esta afirmación no es tan evidente como en el pasado.
Siempre la paternidad ha llevado implícita la responsabilidad de hacerse cargo, en el más amplio sentido del término, del hijo, de cada hijo, entendiendo la Escuela como una institución subsidiaria con una misión muy específica – dotar de los rudimentos (lectura, escritura, cálculo y memorización)- y con una presencia temporal limitada a la educación primaria (seis a doce años de edad aproximadamente).
El siglo XX marca un cambio en esta concepción al generalizarse y ampliarse temporalmente la escolarización. Además, la influencia del marxismo en utilizarla como medio de colectivización y apropiación de prerrogativas propias de los padres por derecho natural, ha contribuido a desdibujar esa premisa a la que aludíamos al principio.
En nuestro siglo XXI tendrá que ser, una vez más, la perenne juventud de la Iglesia Católica la que vuelva a dirigir la luz del sentido común hacia la esfera de la familia y el derecho primigenio e irrenunciable de los padres en su deber de ser los primeros educadores de sus hijos; especialmente en el terreno afectivo-sexual objeto de nuestro trabajo.
En este ámbito… ¿cuál es el rol de los padres? ¿cuál es el del Colegio?
El papel de los padres.
La paternidad supone recibir a cada hijo como un don (no un derecho, que lesionaría su dignidad dejándola por debajo de la paterna) y la responsabilidad de ser para él autoridad (del latín auctoritas, “aquello que te hace crecer”) pues la generación completa de un hijo incorpora también la ayuda a su crecimiento como persona que, por su misma dignidad, exige el clima antropomórfico de la familia, en la que se ama y se es amado por lo que se “es”; por ende, supone aceptar a cada hijo “como es”, con su naturaleza humana herida, relegando el educarles •”como queremos que sean” a un leiv-motiv propio que nos ayude a exigirnos y exigirles.
En primer lugar, que nuestros hijos acepten a sus padres; construcción que debe iniciarse en la más tierna infancia, y para la cual puede ser de gran ayuda aplicar la Educación con Personalidad propuesta por el Dr. Lyford-Pike:
• Hacer valer eficazmente los derechos propios al mismo tiempo que respetar los derechos de los hijos.
• Lograr que los hijos perciban y entiendan el mensaje de sus padres, incluyendo sus deseos, intereses y estados emocionales en el proceso de comunicación.
• Tomar decisiones sobre lo que corresponde hacer con respecto a los hijos y llevarlas a cabo sin cambios de posición que signifiquen una claudicación. (1)
En segundo lugar, exigirnos el respeto a su forma de ser que se expresa en pensamientos, sentimientos y conductas, crecientemente autónomas y libres.
1. LYFORD-PIKE, A. Ternura y Firmeza con los hijos. Ediciones Universidad Católica de
Chile. México D.F. 1998. 4ª edición. Página 29.
lunes, 13 de junio de 2011
Fin de la Introducción: De BAUMAN a BEIGBEDER...
Uno se podría preguntar si no es precisamente esta liquidez del amor lo que nos hace más felices. Lo que es verdad es precisamente lo contrario; y las observaciones que lo apoyan provienen de autores que son todo menos tradicionalistas o clericales. El publicista francés Frédéric Beigbeder, nihilista y anarquista, ha escrito que la insatisfacción es el alma verdadera del comercio: quien nos impone los estilos de vida a través de la comunicación no desea nuestra felicidad, por la simple razón de que la gente feliz no consume. En la película de Alessandro D’Alatri Casomai (en español: “Comprométete”), la actriz Stefania Rocca dice: «De vez en cuando pienso que la infelicidad es la que produce beneficio y desarrollo. Dos que se separan dan trabajo a abogados y jueces, multiplican por dos el número de casas y de coches, multiplican el consumo. Cuando me siento infeliz, yo voy a comprarme un vestido rojo. La persona feliz consume menos». Una vez más en Inglaterra, se ha identificado una nueva categoría social emergente: los Dink, un acrónimo que corresponde a la expresión inglesa double imcome no kids (pareja con doble sueldo y sin hijos). «Los Dink no tienen pasado ni pretenden tener futuro. Flotan en un presente eterno, provisional y líquido. No llevan a cabo proyectos, excepto algunos a muy corto plazo. ¿Cómo podrían hacerlo si no piensan en el futuro, ignorando si el futuro los sorprenderá aún juntos? Por este motivo, los Dink son muchos más dóciles a las lisonjas de la publicidad. Al estímulo (¡gasta el dinero así!) sigue inmediatamente la reacción». Mientras que los Dink son consumidores perfectos, la pareja estable, casada y con hijos representa una consumidor imperfecto: antes de cambiar de coche, de televisor o de teléfono móvil tiene que pensárselo no una sino diez veces...
lunes, 6 de junio de 2011
lunes, 30 de mayo de 2011
¡Comencemos!
PROPUESTA DE UN PROYECTO DE EDUCACIÓN
AFECTIVO-SEXUAL PARA EDUCACIÓN SECUNDARIA
0. A modo de exordio.
Comenzar con el cero no es un homenaje al guarismo introducido por
los árabes, más bien se trata de realizar una introducción y subrayar desde el primer momento que el número 1 queda reservado para los padres: primeros educadores.
El ejercicio de la sexualidad es el ámbito clave en el que se decide hoy la
víabilidad de nuestra acción educativa.
El marco socio-político y cultural hostil al amor matrimonial y a la familia que deriva de éste nos empuja a acometer este proyecto con la creación de un corpus teorico-práctico de educación afectivo-sexual para la edad adolescente adecuando los programas Aprendamos a Amar y Teen STAR a nuestra realidad, con la participación de los tres estamentos de la comunidad educativa: padres-profesores-alumnos.
La referida hostilidad es palpable en el intento de liquidar la familia, por eso coincidimos con Tomás Melendo en que “es la hora de la Familia ”.
Debemos enfrentarnos a una dificultad específica, que viene del contexto cultural en el que nos encontramos: no estamos simplemente ante una crisis de la familia y de su papel educativo tradicional, sino que se está labrando un ataque a la familia, una estrategia bien organizada para "liquidarla".
La palabra hay que tomarla en su sentido literal, antes de tomarla en sentido metafórico, según el análisis del conocido sociólogo polaco, profesor en Leeds (Inglaterra), Zygmund Bauman, uno de los mayores intérpretes de nuestro tiempo. Él define nuestra época como "modernidad líquida", caracterizada por la des-reglamentación y privatización de las tareas y los deberes propios de la modernización. Se puede llamarlo individualismo: del acento puesto en la sociedad justa hemos pasado al de los derechos humanos, reducidos al "derecho de los individuos a ser diversos y elegir y adoptar a placer los propios modelos de felicidad y un estilo de vida que les sea adecuado"[1]. La modernidad líquida no puede tolerar los cuerpos sólidos. Sus valores son la velocidad, el cambio, el flujo, lo temporal y la precariedad. Como tal, la modernidad no puede tolerar la familia, la clase, el vecindario, la comunidad parroquial; debe "licuarlos" o "liquidarlos".
De este modo, Bauman habla de amor líquido: también el amor se convierte en un hecho comercial, mercantil, de supermercado. En la modernidad líquida es "normal" adaptar las relaciones de pareja a las relaciones comerciales: se compara al amor y a la pareja con un bien al que tengo derecho y que escojo o del que me despojo cuando me he cansado y en el horizonte aparece un nuevo "producto" que promete gratificarme más. La modernidad líquida está dominada por los antojos (por hacer lo que "me da la gana"), lo que contrasta con los deseos cultivados, que son principio de estabilidad, según Bauman: "Mientras el principio de satisfacer los propios antojos se inculca a fondo en la conducta cotidiana por parte de los poderes fuertes del mercado de los bienes de consumo, el cultivar un deseo parece inquietante, inoportuna y fastidiosamente tender hacia el compromiso amoroso.
Si esto es así, encontramos una explicación a la ofensiva contra la familia fundada en el matrimonio, que no se adecúa a las reglas, a la desregularización: por ello, hay que liquidarla.
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