jueves, 23 de junio de 2011

Con vuestro permiso... ¡Queridos PADRES!

1. Los padres, primeros educadores, y “últimos adolescentes”.

Hoy la primera parte de esta afirmación no es tan evidente como en el pasado.

Siempre la paternidad ha llevado implícita la responsabilidad de hacerse cargo, en el más amplio sentido del término, del hijo, de cada hijo, entendiendo la Escuela como una institución subsidiaria con una misión muy específica – dotar de los rudimentos (lectura, escritura, cálculo y memorización)- y con una presencia temporal limitada a la educación primaria (seis a doce años de edad aproximadamente).

El siglo XX marca un cambio en esta concepción al generalizarse y ampliarse temporalmente la escolarización. Además, la influencia del marxismo en utilizarla como medio de colectivización y apropiación de prerrogativas propias de los padres por derecho natural, ha contribuido a desdibujar esa premisa a la que aludíamos al principio.

En nuestro siglo XXI tendrá que ser, una vez más, la perenne juventud de la Iglesia Católica la que vuelva a dirigir la luz del sentido común hacia la esfera de la familia y el derecho primigenio e irrenunciable de los padres en su deber de ser los primeros educadores de sus hijos; especialmente en el terreno afectivo-sexual objeto de nuestro trabajo.

En este ámbito… ¿cuál es el rol de los padres? ¿cuál es el del Colegio?

El papel de los padres.

La paternidad supone recibir a cada hijo como un don (no un derecho, que lesionaría su dignidad dejándola por debajo de la paterna) y la responsabilidad de ser para él autoridad (del latín auctoritas, “aquello que te hace crecer”) pues la generación completa de un hijo incorpora también la ayuda a su crecimiento como persona que, por su misma dignidad, exige el clima antropomórfico de la familia, en la que se ama y se es amado por lo que se “es”; por ende, supone aceptar a cada hijo “como es”, con su naturaleza humana herida, relegando el educarles •”como queremos que sean” a un leiv-motiv propio que nos ayude a exigirnos y exigirles.

En primer lugar, que nuestros hijos acepten a sus padres; construcción que debe iniciarse en la más tierna infancia, y para la cual puede ser de gran ayuda aplicar la Educación con Personalidad propuesta por el Dr. Lyford-Pike:
• Hacer valer eficazmente los derechos propios al mismo tiempo que respetar los derechos de los hijos.
• Lograr que los hijos perciban y entiendan el mensaje de sus padres, incluyendo sus deseos, intereses y estados emocionales en el proceso de comunicación.
• Tomar decisiones sobre lo que corresponde hacer con respecto a los hijos y llevarlas a cabo sin cambios de posición que signifiquen una claudicación. (1)
En segundo lugar, exigirnos el respeto a su forma de ser que se expresa en pensamientos, sentimientos y conductas, crecientemente autónomas y libres.


1. LYFORD-PIKE, A. Ternura y Firmeza con los hijos. Ediciones Universidad Católica de
Chile. México D.F. 1998. 4ª edición. Página 29.

lunes, 13 de junio de 2011

Fin de la Introducción: De BAUMAN a BEIGBEDER...

Uno se podría preguntar si no es precisamente esta liquidez del amor lo que nos hace más felices. Lo que es verdad es precisamente lo contrario; y las observaciones que lo apoyan provienen de autores que son todo menos tradicionalistas o clericales. El publicista francés Frédéric Beigbeder, nihilista y anarquista, ha escrito que la insatisfacción es el alma verdadera del comercio: quien nos impone los estilos de vida a través de la comunicación no desea nuestra felicidad, por la simple razón de que la gente feliz no consume. En la película de Alessandro D’Alatri Casomai (en español: “Comprométete”), la actriz Stefania Rocca dice: «De vez en cuando pienso que la infelicidad es la que produce beneficio y desarrollo. Dos que se separan dan trabajo a abogados y jueces, multiplican por dos el número de casas y de coches, multiplican el consumo. Cuando me siento infeliz, yo voy a comprarme un vestido rojo. La persona feliz consume menos». Una vez más en Inglaterra, se ha identificado una nueva categoría social emergente: los Dink, un acrónimo que corresponde a la expresión inglesa double imcome no kids (pareja con doble sueldo y sin hijos). «Los Dink no tienen pasado ni pretenden tener futuro. Flotan en un presente eterno, provisional y líquido. No llevan a cabo proyectos, excepto algunos a muy corto plazo. ¿Cómo podrían hacerlo si no piensan en el futuro, ignorando si el futuro los sorprenderá aún juntos? Por este motivo, los Dink son muchos más dóciles a las lisonjas de la publicidad. Al estímulo (¡gasta el dinero así!) sigue inmediatamente la reacción». Mientras que los Dink son consumidores perfectos, la pareja estable, casada y con hijos representa una consumidor imperfecto: antes de cambiar de coche, de televisor o de teléfono móvil tiene que pensárselo no una sino diez veces...