En una ponencia elevada a la Escuela de padres de la localidad en la que residimos, titulada “Cómo sacar adelante, con alegría, doce hijos (o uno)” nos permitimos partir del aserto chestertiano: “En la civilización actual se ha emprendido una carrera entre la catástrofe y la educación creativa; el resultado dependerá de quién llegará primero”. Y concluir que el optimismo necesario para afrontar la empresa de la educación de los hijos pasa por hablar mucho de éstos a Dios, más que hablar de Dios a los hijos (Fray Ejemplo lo hará por nosotros).
Buscaremos, pues, un efecto colateral, que los padres aprovechen su maravillosa tarea para abandonar definitivamente su adolescencia – generalizada en los tiempos que corren y enfermiza siempre- y el complejo de Peter Pan que les retiene en esa etapa, para estrenar con su paternidad de hijos adolescentes su puesta de largo en la madurez, que consistirá, entre otras notas, en “conformar los sentimientos y ponerlos de acuerdo con la razón” al decir de Aristóteles.
Para ello se hace necesario un cambio de actitud: “Nuestros hijos no son un problema ni un enemigo, sino colaboradores en nuestro crecimiento como padres y personas, y en el suyo propio… como personas y como hijos.”