En segundo lugar, exigirnos el respeto a su forma de ser que se expresa en pensamientos, sentimientos y conductas, crecientemente autónomas y libres.
Particularmente importante en la etapa adolescente es valorar hechos y conductas, nunca juzgar personas; dejando, por tanto, la identidad a salvo; por lo que desterrar del lenguaje diario la expresión “eres …”, y sustituirla por “haces …” y, desde los hechos, asentar criterios constituye un sano ejercicio de equidad educativa.
En esa expresión personal del modo de ser cobran ahora especial relevancia emociones y sentimientos. La tarea de reconocer y expresar adecuadamente unos y otros es tarea conjunta de padres, profesores, e hijos/alumnos.
Faber y Mazlish sintetizan afirmando que:
Todos los sentimientos pueden aceptarse.
Ciertas acciones deben ser limitadas.
“Entiendo que te hayas enfadado con tu hermano. Ahora dile lo que quieras con la lengua, no con los puños”.